EL ALMA ATEA DE EUROPA

 

    Las herencias seminales de Europa, que dieron forma a nuestra cultura a lo largo de la Etapa Constituyente, fueron varias y diversas. Desde el punto de vista religioso y espiritual, sobre uno de cuyos aspectos vamos a reflexionar ahora, dos son los puntos de partida que nos interesan: el monoteísmo de origen judío asumido como religión de estado en el Bajo Imperio (el Cristianismo) y la metafísica de origen griego que formaba parte esencial de la herencia cultural grecorromana (la filosofía racionalista). Durante casi un milenio, el desarrollo de estos dos grandes legados en Europa apenas ocasionó conflictos intelectuales: la Teología medieval consolidó la religión cristiana en torno al catolicismo romano, convirtiéndolo en un elemento esencial de nuestra cultura y Europa, entre los siglos IX y XV, pudo identificarse de forma casi perfecta con la Cristiandad. Incluso las propias divergencias espirituales internas, como la ruptura entre católicos y ortodoxos o, sobre todo, la lucha contra “herejías”de cátaros o husitas, no dejaban de ser siempre crisis dentro del propio Cristianismo. En este sentido, la historia espiritual de Europa no es diferente de la de otras muchas grandes culturas de la Humanidad, cohesionadas en torno a un modelo religioso centrado en la divinidad, sea el propio panteón grecorromano, el monoteísmo musulmán o judío o el politeísmo azteca, hindú o japonés.

    Lo que hace especial a nuestra cultura en relación con cualquier otra, lo que la identifica en el aspecto espiritual, es el desarrollo, a partir del siglo XVI, y su éxito intelectual en la Etapa Disolvente, de la modalidad de pensamiento que se conoce como ateísmo, basada en la negación de la propia existencia de la divinidad y en la necesidad, por lo tanto, de replantear la sociedad a partir de esa inexistencia esencial.

    El origen de este planteamiento, prácticamente original en la historia de la Humanidad, radica en la revalorización del legado grecorromano durante la Etapa Clásica, más concretamente en el redescubrimiento y puesta al día de líneas de pensamiento laterales de la filosofía clásica que habían sido abandonadas desde los primeros siglos de nuestra era por el Cristianismo triunfante. La principal de esas corrientes, radicalmente renovadora para el pensamiento europeo del Renacimiento, fue el epicureísmo y el libro fundamental para su divulgación, el De rerum natura de Tito Caro Lucrecio. El redescubrimiento de este texto tuvo lugar a principios del siglo XV pero su editio princeps no apareció hasta 1473 y su difusión solo se generalizó a mediados del siglo siguiente, acompañando las ansias de renovación espiritual potenciadas por la Reforma y los primeros pasos de renovación científica que dieron origen a la ciencia moderna.

    En realidad, el libro de Lucrecio, escrito en latín en el siglo I a.C., y las ideas del filósofo griego Epicuro que divulga no son en sí ateístas. El epicureísmo no niega expresamente la existencia de los dioses sino la relación que la mayoría de las religiones establecen entre la actividad humana y la divinidad: los dioses existen pero no se hallan en el mismo plano, en una dimensión compartida con los hombres; son seres ajenos a la humanidad y despreocupados de ella. Con todo, esta sola idea ya era suficientemente revolucionaria para la espiritualidad del Renacimiento puesto que echaba por tierra la propia validez de las iglesias intitucionalizadas, que se habían consolidado como entidades mediadoras entre el hombre y la divinidad. Incluso en la zona rebelada contra Roma, negaba también la interlocución directa del creyente con Dios, básica para muchas de las iglesias reformadas.

    Pero el epicureísmo de Lucrecio iba más allá, al plantear al mismo tiempo una concepción materialista y mecanicista de la realidad. Toda la espiritualidad cristiana quedaba devaluada al ser negada la existencia del Más Allá y la inmortalidad del alma, que, según Epicuro y Lucrecio, desaparece junto con el cuerpo al disgregarse los átomos que lo componen. De este modo, también todo el sistema de castigos y recompensas teleológicas, básico en la estructura social de la Europa medieval, quedaba desarticulado. Y puesto que la única realidad existente es la del mundo sensible, el epicureísmo venía a convertirse en un incentivo intelectual para el desarrollo de un método científico que no pretendía más que explorar ese mundo perceptible sin intromisiones metafísicas.

    La recuperación del epicureísmo en el pensamiento europeo fue, por lo tanto, el punto de partida del desarrollo del ateísmo en Europa, pero no el paso definitivo, puesto que los epicúreos eran, en realidad, deístas. De hecho, la siguiente fase de la espiritualidad europea fue el agnosticismo, es decir, la negativa a pronunciarse acerca de un asunto, la existencia de la divinidad, sobre el que no se puede tener un conocimiento racional. A lo largo del siglo XVII y XVIII, los defensores de un ateísmo radical fueron pocos, inconexos y casi irrelevantes desde el punto de vista intelectual. Se trataba, sobre todo, de religiosos desengañados de una Iglesia hipócrita y corrupta, más bien auténticos revolucionarios religiosos. Sin embargo, los grandes científicos y los pensadores más influyentes del Siglo de las Luces, sin duda presionados por la fuerte represión institucional –religiosa y política- pero también de acuerdo con los principios no beligerantes del propio epicureísmo, se limitaban a trazar una línea divisoria clara entre el objeto de sus investigaciones, el mundo físico, y las teorías indemostrables científicamente de la religión revelada.

    En cualquier caso, ya el agnosticismo es una modalidad espiritual propiamente europea, sin precedente en sus raíces religiosas hebreas o grecorromanas ni en las culturas de su entorno como el Islam. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, una parte de la intelectualidad europea da todavía otro paso adelante y de confinar a Dios en una especie de universo paralelo o negar la posibilidad de razonar sobre su existencia, la niega directamente.  Aunque no es el primero, un intelectual relevante que plantea públicamente su ateísmo es el barón d´Holbach, miembro del grupo de los enciclopedistas, en su obra principal Sistema de la Naturaleza de 1770.

    Todavía durante un siglo el pensamiento europeo se debatió entre la creencia en Dios y el agnosticismo, al que se aferraban sobre todo los científicos que deseaban evitar la confrontación con las ideas heredadas. La ruptura definitiva no se dio hasta la segunda mitad del siglo XIX y procedió, sobre todo, de la imposibilidad de compaginar los nuevos descubrimientos con la propia idea de Dios: la teoría de la evolución, la nueva física de partículas, la exploración interestelar, los avances en el estudio de la antropología, el descrédito cada vez mayor del papel histórico de la religión y de la Iglesia... A principios del siglo XX resultaba francamente difícil compaginar un cristianismo que seguía manteniendo sus señas de identidad más tradicionales con un pensamiento científico que había sobrepasado hacía mucho cualquiera de los viejos límites intelectuales de la religión. Por otra parte, en el ámbito social, en la medida en que la Iglesia institucional había formado parte esencial del Antiguo Régimen, los movimientos revolucionarios, desde 1789 hasta 1917, asumieron la lucha contra la religión como uno de los elementos básicos del cambio político. Así, del mismo modo que la Francia revolucionaria había exigido y conseguido la separación de la Iglesia y el Estado, la URSS o el III Reich se concibieron directamente como sociedades ateas.

    En la actualidad, si el Cristianismo sigue siendo una de las almas de Europa y resulta imposible entender nuestra historia y buena parte de la realidad actual sin tener en cuenta una compleja historia espiritual de casi 1.500 años, el ateísmo se ha convertido ya en la otra alma de Europa, si se nos permite el oxímoron, menos relevante desde el punto de vista histórico pero, desde luego, la más específicamente europea, la más original y la que mejor identifica a Europa en el conjunto de las culturas actuales. [E. G.]

 

I.E.S. "RÍO ARBA"

TAUSTE (Zaragoza)

ESPAÑA

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