1904: FRÉDÉRIC MISTRAL - MIRÈIO

 

I: FRÉDÉRIC MISTRAL

      El poeta  francés  Frédéric Mistral nació en 1830 en un pequeño pueblo de la  Provenza , en una familia de propietarios rurales asentados desde muy antiguo en la región. La desahogada situación económica de sus padres le permitió recibir una buena formación clásica en el Colegio Real de Aviñón primero y en la Facultad de Derecho de Aix luego. Sin embargo, desde su juventud, movido por su gran admiración por Lamartine, se sintió siempre más atraído por la poesía que por las leyes, lo que se tradujo en la redacción de sus primeros poemas y su consagración de por vida a sus proyectos literarios. De este modo, desde mediados de siglo era considerado ya como uno de los principales defensores de la cultura de Provenza y el mayor impulsor de su lengua, el provenzal.

    Mistral fijó su residencia durante toda su vida en el mismo pueblo en el que había nacido, Maillane. Casado en 1876 pero muerto sin descendencia legítima, legó su casa y su biblioteca al propio municipio para que se construyera un museo, que se mantiene abierto hasta la actualidad. Solo tuvo un hijo, bastardo, con una criada de su padre, en 1859, de cuya educación se ocupó pero al que no llegó a reconocer legalmente.

    Frédéric Mistral fue miembro fundador, junto con otros poetas de la zona, de Félibrige, una asociación regionalista defensora y promotora de la lengua y la cultura provenzal, todavía hoy en activo. En este contexto escribió un diccionario bilingüe, provenzal-francés, el Tresor dóu Félibrige, que abarca todos los dialectos de la “langue d’oc” y sigue siendo el diccionario más rico de esa lengua. Vinculado durante toda su vida a las ideas liberales de la Revolución de 1848, fundó, en 1891, un periódico en provenzal de inspiración federalista pero, en un país tan centralizado como  Francia , no llegó a conseguir que la lengua regional de Provenza llegara a ser enseñada en la escuela primaria.

    Su obra principal fue su epopeya popular Mirèio, publicada en 1859, tras ocho años de trabajo, y el éxito de Mirèio, la razón principal para que se le concediera el premio Nobel, ex aequo con el español José Echegaray, en 1904. Fue el primer caso en que se premiaba una obra redactada en una lengua no estatal en Europa, lo cual sigue constituyendo una excepción, solo compartida con Isaac Basehvis Singer, por su obra en yidis.

    Otras obras importante de Mistral son el relato Nerto (1884), el drama La Rèino Jano (1890), o Lou Pouèmo dóu Rose (1897).

 

 

II: MIRÈIO

 

    De acuerdo con teorías literarias ya vigentes a mediados del siglo XIX y que han llegado casi hasta nosotros, la literatura de una lengua comienza con sus epopeyas. Los cantos épicos de tradición oral estarían, así, en los orígenes de las literaturas de la Antigüedad (Iliada o Génesis) pero también de las literaturas modernas en inglés (Beowulf), francés (Chanson de Roland) o castellano (Poema de Mio Cid). Tiene sentido, por lo tanto, que en su intento de reconstruir la literatura provenzal, Mistral acuda en primer lugar, con poco más de 20 años, a la epopeya, amorosa en este caso, de Mirèio. Pero además, este género había sido, a lo largo de toda la primera mitad del siglo XIX, el género por excelencia del Romanticismo, desde los pastiches de Ossián a El estudiante de Salamanca de Espronceda, pasando por La novia de Abydos de Lord Byron, Ruslan y Ludmila de Pushkin o Jocelyn de Lamartine. Mirèio, por último, responde también a las inquietudes liberales del momento y le sirve a Mistal para dar una muestra magistral del costumbrismo regionalista provenzal, que en cualquier otro lugar de Europa que no fuera Francia se tendría por nacionalismo.

    Por si todo lo anterior fuera poco, Mistral, para dar forma a toda esta amalgama de motivos de época se sirvió de una lengua tan minoritaria y de tan limitado uso poético en su tiempo que puede decirse que prácticamente hubo de inventarla casi en la misma medida que su argumento.

    Pero Mirèio no es un solo un acertado exponente literario de la época o una reivindicación del provenzal. Es también una elaboradísima obra de arte digna del gran reconocimiento que tuvo. La historia de los amores de Mirèio y Vincèn, cortada por un patrón shakespeariano muy de la época, da forma a un relato épico de un lirismo admirable, que podemos considerar uno de los últimos grandes ejemplos de literatura clásica en Europa. Mistral utiliza para la creación de su argumento toda la tipología culta de nuestra tradición: el amor juvenil que se enfrenta al rechazo familiar (Shakespeare), el protagonismo de la magia y el mundo de ultratumba (Lucrecio), la incorporación de la naturaleza como reflejo de los sentimientos (Petrarca), la mezcla de mitología clásica y cristiana (Dante)… Pero el autor incorpora además novedades que hacen su epopeya atractiva por sí misma. Tal y como recoge el título, la protagonista en este caso es una mujer. Incluso es la propia Mirèio quien toma la iniciativa en el amor, algo tan inesperado como inusual en la tradición europea. Igualmente el foco argumental se centra en Mirèio y toda la parte final del libro gira en torno al destino de la protagonista dejando a Vincèn en una oscuro segundo plano. El otro aspecto novedoso de Mirèio es su concepción como epopeya cristiana. Concebida también como un tour de force a partir de los doce cantos de la Eneida, para Mistral es fundamental situar la mitología cristiana a la altura de la clásica y no duda en introducir a la corte celestial como personajes activos en la obra y, sobre todo, en reconstruir una especie de gigantomaquia católica para explicar el triunfo de la nueva fe cristiana sobre el paganismo anterior de la Provenza.

    Mirèio es hoy un ejemplo privilegiado de cómo puede hacerse gran literatura dentro de una tradición consolidada desde el más absoluto localismo. Desde su masada de Juge, rodeado de sus libros de literatura clásica y contemporánea, empapado de las tradiciones orales que habían dado contenido a su infancia y juventud, en una lengua con un inmenso prestigio histórico pero ya casi olvidada y minoritaria, un gran artista como Mistral pudo levantar un monumento literario de primer orden, digno de ser apreciado no solo por un amigo poeta de su propio país como Lamartine sino por unos lejanos catedráticos suecos, desconocedores de sus tradiciones y de su idioma, y por un aún más lejano lector español del siglo XXI, atrapado también por el paisaje, la protagonista, los relatos y cantos populares y la pasión religiosa de Mirèio. [E. G.]